Canta, pueblo de Dios: el Salvador está contigo
(III)
(Borrador)
En la Tierra de Amor el Salvador derrama Su Luz. En la Tierra de Amor el Salvador salva todos aquellos que quieren ser salvados. El Espíritu del Salvador acerca los corazones amigos de la Isla Blanca, donde se preserva la pureza de la fe; acerca los hijos de la Nueva Jerusalén, el Castillo de las almas, el Centro de la infinita Misericordia del Padre. Pero al mismo tiempo el Espíritu del Salvador alcanza otros corazones, enemigos de Cristo, hijos de otro espíritu, para hacerles sentir el primer juicio.
En la historia, antes de la llegada del Hijo, antes del tiempo del Hijo, y antes del tiempo del Espíritu Santo, el Espíritu ha mandado los profetas del Padre, para alinear al pueblo, educar al pueblo a la única Ley, al único Dios para que los hijos no perdiesen el contacto con el único Padre. Tiempos duros y difíciles, también aquellos. Tiempos de esclavitud y de idolatría.
El profeta Elías ha desenmascarado aquellos que ponían fe en los ídolos, en algo de no veraz, haciendo conocer un Dios que no era aquel verdadero. No se conocía el amor, no se conocía la ligereza, la libertad; se conocía sólo la ley de la obligación, que obligaba moral y físicamente. Aquel hijo ha roto aquellas cadenas, pasado a filo de espada aquellos que profesaban una falsa ley, no la Ley del Padre que en Abraham estaba.
Moisés tuvo que combatir contra la idolatría pura, contra el faraón, aquel que había hecho olvidar y quería olvidar totalmente la Ley y la presencia de Dios, erigiéndose a dios, erigiéndose como el eterno. Aquellos hijos, aquellos que se habían quedado fieles a la promesa que el liberador hubiera llegado, estaban en la prueba en el cuerpo, en el corazón, en la mente. Fustigados, esclavizados. Y en el momento en que su fe estaba casi apagada, de aquel pueblo el Padre ha hecho nacer aquel que habría salvado, conducido en la Tierra prometida, haciendo renacer en aquel corazón la semilla del vivo Amor de Dios. Y nuevamente aquel hijo con el bastón ha sacudido y vencido.
Elías y Moisés eran precursores de Hijo de Dios, que habría llegado para hacer converger todos en la cristiandad, para hacer comprender desde aquel momento en adelante la parte amorosa de Dios: no sólo justicia sino amor, dulzura, santidad. Aquella santidad perdida y extraviada.
He aquí el entrelazado del Espíritu que es Juez, es Amor, es Vida. Ahora todo se recapitula. He aquí la acción, la misión salvadora, que destruye la hipocresía, aniquila la idolatría – vuelta a demorar nuevamente en el centro del corazón de quien ha olvidado la pureza de la fe – para salvar aquellos que gracias a la intervención de María han conocido la Tierra de Amor y aún más la conocerán, gracias nuevamente al Corazón de María, Madre Iglesia, Sierva fiel, que donará su bálsamo vivo y santo para acompañar todos a la vida eterna. Único Espíritu. Inicio y Fin. Alfa y Omega. Todo. Para que el diseño, el Proyecto salvador del Padre para esta humanidad pueda cumplirse y triunfar.
Por un lado, la defensa de la fe; por el otro el nuevo éxodo que lleva los hijos a la cristiandad verdadera. Salir de una casa, de una iglesia, aquella de Roma, que ha perdido sus valores, su esencia, su esplendor. Y el Padre, en Su previsión, en Su Omnisciencia, había preservado un Rincón de Tierra, que ha querido denominar “Nueva Jerusalén”, para que la fe en aquellos pocos pudiese nuevamente germinar y reunir todos aquellos que son anhelantes de volver a la Verdad, conocer la Verdad, de oriente y de occidente, del sur y del norte, a fin de que el verdadero “Dios” pudiese ser nuevamente centro de la vida de cada hijo y de cada hombre y mujer de buena voluntad.
«Necios todos vosotros que siempre intentáis dividir la acción del Espíritu Santo, que en la historia es, que en este tiempo es: único Espíritu, única acción que junta profetas e Hijo, Madre e Hijo, Padre e Hijo. En el Hijo todo se recapitula, en el Hijo todo es. Cada acción en el Hijo es. Conjunción de todo».
Canta, pueblo de Dios: el Salvador está contigo.