El abrazo misericordioso del Padre a los hijos en la prueba

 

(Borrador)

Cada verdadero cristiano, entonces hijo de Dios, encuentra fuerza en Su Señor, en el Espíritu que procede del Padre y del Hijo. Sólo sumergiéndose en el Espíritu Santo se toma fuerza y se pueden enfrentar las pruebas sin caer. En la prueba se llega a ser aún más fuertes en cuanto más está viva en la intimidad del corazón la voluntad de pedir expresamente y voluntariamente ayuda. La cristiandad ha vencido, vence y vencerá porqué tiene en sí el Espíritu de Aquel que es. El Espíritu Santo que une y hace sentir una familia, una comunidad, un conjunto de corazones. Por esto vence. Nada puede la potencia humana sin la omnipotencia divina. Cuando la potencia humana y la omnipotencia divina se separan, la potencia humana se convierte en impotencia, porque ante la voluntad divina todo se apaga.

Éste es lo que esta humanidad árida y perdida más y más experimentará: el alejamiento de Dios; el alejamiento de la voluntad divina; la pérdida de conocimiento de la espiritualidad; la distancia del Espíritu Santo.

Aquellos que ya no están animados por el Espíritu Santo, para llevar a cumplimiento su acción, intentarán convencer cuantos más hombres posibles, queriendo aparecer buenos. Por esto aquellos que están animados por este pensamiento irán cada vez más en búsqueda de humano consenso, para poder aparecer como los salvadores de la humanidad, como aquellos que conducen a la paz en tierra, como aquellos que distribuyen la misericordia del Padre.

De la Nueva Jerusalén, la Isla Blanca donada por el Padre para preservar la pureza de la fe, ha partido y cada vez más se vivirá el rescate cristiano, el rescate que está conduciendo los hijos de Dios al conocimiento pleno del Proyecto de Salvación del Padre. El tentador bien comprende la acción de la Casa de Dios e intenta obstaculizar su camino, hasta donde el Padre lo permitirá. Por esto los hijos de Dios invocan el Padre: «Padre, ha llegado la hora: del triunfo y del suplicio, de la prueba y de la alegría, de la derrota y de la victoria, porque muchos han traicionado Tu Nombre, Tu Corazón, la llamada».

Sólo experimentando la cruz cotidiana los hijos de Dios siguen subiendo. Es en el sacrificarse, metiendo corazón y voluntad, para superar toda prueba, que los hijos de Dios alcanzan la victoria. Por esto muchos ven el camino de santidad como un logro inalcanzable, como una grande prueba y muchos se pierden: porque no tienen las capacidades y la voluntad para poder enfrentar las pruebas. Muchos, en cambio, se acercan a Dios por conveniencia, para poder vencer con facilidad. La salvación es una conquista, es un camino que, día tras día, se enfrenta y se vence. Así ha sido por el Hijo de Dios, así es para todos aquellos que quieren vencer en Su Nombre. Y jamás faltará la ayuda del Padre. Jamás los cuidados maternos faltarán. Jamás la abundancia del Cielo se parará, cuanto más viva será la determinación santa para conquistar la victoria en el nombre de Dios, Uno y Trino.

Ésta es la gana y la voluntad que esta Madre Iglesia manifiesta. Una Iglesia que no aleja los propios hijos o que no quiere cuidar de los propios hijos, sino una Madre que con verdadera y profunda concienciación infunde el sentido de la verdadera responsabilidad, a fin de que cada corazón pueda en la libertad comprender, vivir, experimentar y vencer.

Al hacerlo, cada hijo de Dios ofrece al Padre bueno y misericordioso la propia vida y la propia cotidianidad, para alejar el pecado, experimentar Su misericordia y vivir en Su gracia.