El pragmatismo espiritual de los hijos de Dios
(Borrador)
Quien cree en el Niño Jesús, que en la Nueva Jerusalén ha bajado como había prometido (Hch 1,11), no morirá sino se salvará y vivirá eternamente.
El mundo no ha comprendido la Persona del Hijo de Dios, testimonio vivo y directo de la presencia del Padre, Aquel que es Alfa y Omega, Inicio y Fin (Ap 22,13), Llama de la Vida (Ex 3,2; Jn 1,4), Soplo vital (Gn 2,7) para hacer que todos sean en el único Espíritu (Rm 8,16) que en el Hijo del Dios Viviente se manifiesta (Mt 16,16). No ha comprendido, porque por un lado no ha logrado, por el otro, no ha querido comprender aquel Testimonio directo que ha brotado del Corazón del Padre (Jn 12,37-38; 2Ts 2,12).
He aquí la razón y la fe: quien ha logrado hacer de la razón una sapiencia viva (Prov 2,6) ha logrado comprender más allá de lo que es visible, para comprender lo invisible (Col 1,15-16), lo que es eterno (Ex 15,18; Sal 47,15), logrando de esta manera sonsacar la esencia del ser (1Jn 2-3). Otros han quedados aprisionados en sus pensamientos: no en la sapiencia sino en el engreimiento, en el orgullo (Sir 10,12), que les ha hecho quedarse encerrados en un olvido que, como un círculo vicioso, ha conducido su “yo” a querer todavía ser y permanecer por encima de todos (1Jn 2,16).
Neta y total es la divergencia entre el Espíritu, que es Santo, y el orgullo del hombre (Jn 3,6). El orgullo manifiesta la voluntad de no ceder, de no querer comprender, de no querer acoger al pensamiento de otros (Jn 5,44), puntos de vistas diferentes, pensamientos nuevos, con respecto a todo lo que es Espíritu, Amor, Santidad (Prov 3,7). Jamás se logrará encontrar una convergencia entre el Espíritu Divino y el orgullo humano (Mt 12,31). Sólo quien querrá vaciarse del propio “yo”, del propio orgullo (2Tm 3,1-5), para dejarse llenar del Espíritu Divino (Gd 20-21), podrá crecer, ser y subir, y ver Aquel que es, cara a casa (Ex 33,11; Jn 12,44-47; Ap 22,4). Muchos son aquellos que no logran reflejar aquella esencia que está en el alma: muchos logran hacerla resplandecer (1P 3,4), otros logran afearla haciéndola esclava de todo pecado (Mc 8,36).
En este tiempo los hijos de Dios están llamados a ser testigos ardientes de la esencia del Padre (Hch 1,8), de Aquel que todo ha creado y que por Amor nuevamente todo ha refundado para dar sostén a todo el Cuerpo, que es su Iglesia (Hb 8,8-12).
Los hijos de Dios en este tiempo santo están llamados a reflejar la imagen del Padre, para ser muchos pequeños Jesús (1Jn 3,2) que transmiten la esencia y sustancia de aquella niñez eterna que nunca tendrá fin (Mt 19,14), para marcar la diferencia neta y sustancial con otros que reflejan, en cambio, una imagen de un dios que Dios no es: la imagen del propio “yo”, que aflige el alma, da pesadez al corazón y hace el espíritu estéril (Ez 34,1-11).
He aquí el significado del pragmatismo espiritual de los hijos de Dios: ser operosos y operantes (Lc 11,28; 12,37), y ser “constructores” prácticos del Espíritu de Dios (Rm 8,9), haciéndoLo claro a todos (1Cor 2,12; 2Tm 1,7); llenos e impregnados de la santidad del Hijo de Dios, llevar todos a comprender y hacer comprender la Palabra de Dios, que es Vida (Jn 3,15), con ejemplos, con palabras y con gestos sencillos y veraces (1Tm 4,12), que van más allá de una estéril costumbre humana.
Esta es la teología que el Niño Jesús quiere devolver a todos, para que todos puedan estar al tanto de su Ser (1Jn 2,5), de su Amor (1Jn 3,1) y de su viva cercanía de Hombre y Dios, Hombre-Dios, Hombre-Dios (1Tm 2,5).
He aquí porque Jesús enseña a sus hijos a ser, por primero, hombres y luego cristianos (2Cor 1,12; 2Ts 3,7-9), tanto para poder comprender todo y todos, como para poder llevar todos a comprender el Uno, que es Santo: Espíritu Santo, que es Persona: el Unigénito Hijo (1Jn 4,9).
Es éste el Pragmatismo Santo de los hijos de Dios. Pragmatismo humano y divino, que lleva a unir la Sapiencia de Dios (Sal 146,5; Sab 7,15) y la sabiduría del hombre (Lc 12,42-46; Stg 3,13), a fin de que, a la par, uno pueda ser verdadero hombre y verdadero cristiano, que encarna la esencia del Hermano Jesús, el Cristo, el Hijo del Dios Viviente (1Tm 4,10).
He aquí la generación de los santos de los últimos tiempos (Ap 20,6), hecha de hombre en carne y hueso que quieren levantarse espiritualmente para comprender, amar y vivir a Dios, el único Sumo Bien (Ap 22,14).