El Santo Equilibrio de los hijos de Dios

 

(Borrador)

Los hijos de Dios viven la fe en Cristo Señor (Lc 8,50) con Amor, Pasión y Santo Equilibrio: el Justo y Santo Equilibrio que por un lado aleja toda forma de fanatismo y por el otro ayuda a manifestar con coherencia y autenticidad la verdadera Vida (Jn 8,12), que en la Santa Familia se manifiesta (Mt 1,16).

Esta es la manera santa y justa para vivir la espiritualidad de la Pequeña Cuna del Niño Jesús, tanto para quien ya la vive desde hace tiempo, como para todos aquellos que, llegando a la Tierra de Amor, aún más numerosos la vivirán, a fin de que todos puedan vivir la frescura viva de vivir la verdadera fe, auténtica y santa, donde ninguna obligación (Hch 15,18) y ningún sentimiento contrario al Amor puede y debe entrar en los corazones (Mt 22,37-40), donde ninguna turbación hay que haber y habrá (Jn 14,1.27).

Los hijos de Dios tendrán que vivir todo y todos en la libertad (Jn 8,32), manteniendo con vida el único vínculo que cada hijo debe tener: el respeto Santo por el Padrón de Casa (Dt 5,6-10).

En la Nueva Jerusalén nadie jamás deberá sentirse juzgado por el hermano, sino todos deben poderse sentir en presencia de Dios y advertir aquel Santo Temor (Gn 28,17) que por Amor lleva a todos a hacer lo que es bien y no lo que es mal. En la Nueva Jerusalén (Ap 21,2) los hijos de Dios tienen que entender bien el significado, el enfoque y la distinción que hay entre “miedo” y “Temor”; entre “obligación” y “Libertad”; entre “pesadez” y “Ligereza”, a fin de que vivir la Nueva Jerusalén pueda ser para todos “la” Vida (Jn 14,6), así como Jesús la ha donado a sus hijos en Su Regreso a la Tierra de Amor (Hch, 1,11).

Vivir la Jerusalén debe ser para todos Respiro, el Santo Respiro (Is 42,5) que dona a todos aquel aire nuevo que es Espíritu, que regenera los corazones en lo profundo (Jn 3,3-8); no aquel respiro que hace sentir la “obligación” de ir, de quedarse, de venir, sino el respiro de Libertad que le permite a los hijos de Dios de vivir la Jerusalén libres de todo vínculo, libres de vivir la Ciudad Santa cuando uno quiera, cuando uno puede y, por cierto, lo más que uno pueda, sin ningún lazo sino el del abrazo que ata los hijos a los brazos del Maestro: el abrazo de Amor de Corazón a corazón que regenera el espíritu y hace respirar el alma que anhela a su Señor (Sal 41,2; 62,2) que, purificada de todo pecado y de todo lo que es mundo, sólo desea vivir la Comunión Santa con Aquel que es Vida, viviendo cada instante en la gracia de Dios (Lc 1,28), huyendo del pecado y de toda tentación, para mantenerse pura y santa, sólo deseando escuchar y poner en práctica los Mandamientos del Señor (Sal 118,15.32.40.59.66.112.124.127.131.135.182.176), que habla a cada hijo de corazón a corazón; para que cada hijo que llega y vive la Nueva Jerusalén pueda exclamar: “Habla Señor; tu hijo te escucha” (1Sam 3,10; Jn 15,15).