El servicio cristiano

 

(Borrador)

Ser “cristiano” significa “servir”, “ser servidores de”. He aquí María, la hija predilecta del Padre que por Amor de su Hijo se ha hecho “Sierva” de su Señor (Lc 1,38).

En María cada cristiano encuentra el sentido pleno del “servicio cristiano”: de qué significa y de cómo practicar el verdadero servicio a Dios y al prójimo. No un servicio practicado con el afán, con la agitación o con la preocupación (Lc 10,41); no un servicio practicado para exhibirse, siendo víctimas de un prestigio humano que puede derivar de aquel servicio (Revelación de Jesús a MGN, “La Catequesis”) sino con el amor, siempre poniendo en el centro el único Bien primario: Dios: el Amor a Dios y al prójimo.

De éste los cristianos son y serán más y más conocidos y reconocidos (Is 19,21); apreciados y amados, en un mundo que no ama servir sino ser servido y reverenciado, donde la soberbia y la arrogancia han vuelto a ser eje del corazón de muchos, sobre todo de muchos que con el afán y con el engaño hacen todo lo posible para seguir haciéndose acreditar por el mundo como “cristianos”, como “portavoz” de Dios y del cristianismo. Pero pronto toda máscara caerá (Prov 26,25) y muchos verán el verdadero Rostro de Cristo (Sal 16,15) y de sus hijos (Sal 30,17); y el verdadero rostro de quien lo ha traicionado y renegado (2Cor 11,14).

Quien quiere ser verdadero cristiano vive imitando a Cristo y sus virtudes, encarnándolas como ha hecho María (Lc 1,48), poniendo en el centro la virtud de la pureza, de la humildad y de la obediencia al Maestro, al Amigo, al Hermano Jesús, que ha mandado a sus discípulos “el” Mandamiento nuevo (Jn 13,34), aquel del Amor, a fin de que los cristianos pudiesen y puedan reconocerse por su espíritu de servicio, que es Amor: a Dios y al hermano, al hermano y al prójimo (Mt 22,37-40).

Los nuevos cristianos de la Nueva Jerusalén tienen que volver a colocar en el centro el Mandamiento de Jesús, para llevar nuevamente a todos el espíritu de servicio, que es Amor, a Dios y a los hermanos, viendo en el rostro del hermano el Hermano Jesús; y viendo en el rostro de la hermana el rostro de María, Hija, Esposa y Madre del Altísimo, la humilde Sierva que Dios ha levantado por gracia (Lc 1,28), coronándoLa Reina, levantándola a su Gloria, revistiéndola de su esencia y sustancia (Lc 1,49).  

Pero, ser servidores del hermano y del prójimo no significa “ser sumisos” o “hacerse someter” (1Cor 15,20-27a): servir al hermano, al prójimo, pero no ser sumiso por el hermano o por el prójimo.

He aquí la dignidad que, ahora más que nunca, Jesús y María infunden en el corazón de los nuevos cristianos y que nunca nadie debe pensar poder quitar o cancelar. Los cristianos son hijos del Rey y de la Reina. Y siguiendo el ejemplo del Rey y de la Reina los hijos se bajan a fin de que todas las “criaturas” de Dios lleguen a ser “hijos” (Jn 1,12), a fin de que todos sean conscientes de que el Padre, en el Hijo, ha injertados en el corazón de quien quiere ser “hijo” aquella centella real que caracteriza los hijos del Rey de la Vida.

Esta es la diferencia entre los hijos de Cristo y los hijos del mundo. Los hijos de Cristo son aquellos que quieren poner en conocimiento de todos la Verdad absoluta que hace libres (Jn 8,32): “poner en conocimiento”, no obligar a creer. Y la libertad que el Padre le ha concedido al hombre hará que los hombres puedan creer o no a la Buena Nueva. Y en este tiempo la Buena Nueva transmitida en el pasado se renueva en el Espíritu, porque enriquecida por el verdadero y sustancial Amor, Cristo Amor, bajado del Cielo (Hch 1,11) en la Nueva Jerusalén para reconducir los hijos al Pensamiento original del Padre y del Hijo, que muchos han perdido, dejándose fagocitar por un pensamiento humanista y humanizante que ha descristianizado este mundo (Lc 20,17), llegado nuevamente a ser malvado e inicuo, que ha perdido y hecho perder a muchos la alegría y el entusiasmo de vivir Cristo y su Evangelio.

La humanidad siempre intenta apagar el entusiasmo (Hch 17,11-13); los nuevos cristianos tienen que mantenerlo con vida, puro y santo, a fin de que puedan transmitir con sus ojos, con sus palabras y con su ejemplo la divinidad de Cristo (Col 2,9), que ayudará a crecer más y más, a fundirse y ser, Uno por todos y todos por Uno.

He aquí la metamorfosis a la cual los cristianos están llamados (Jn 3,8), para ser transfigurados y ver con los ojos de la fe Aquel que es (Mt 17,2), el Hijo de Dios bajado del Cielo (Jn 3,13) para hacer renacer todos a Vida nueva, como entonces hicieron sobre el Tabor Pedro, Santiago y Juan. Sólo así los cristianos pueden cambiar en el corazón, para crecer en el espíritu (Jn 6,63) y poder encarnar y manifestar la esencia divina que el Padre ha infundido en el corazón de sus hijos por medio del Bautismo (Mt 28,19-20).