La desafección del Amor de Dios

 

(Borrador)

El Verbo se hizo (Jn 1,14) para donar su Amor a fin de que el mundo pudiese creer y seguirLo. Jesús nació, creció y caminó en este mundo para llevar a todos lo que, por Voluntad del Padre, el Eterno quería donar al mundo entero: aquella parte de Dios desconocida a los hombres que vivían en aquel tiempo que, con la venida del Hijo de Dios, habrían tenido que pasar de la firmeza de la ley al Amor de querer seguir la Ley (Rom 13,8.10), que el Hijo de Dios enseñaba y manifestaba, para donar la Paz a los corazones y la verdadera Santidad, que muchos habían perdido.

Jesús intentó transmitir la verdadera Santidad con todo Él mismo (Mt 5,48), en la actitud, en la forma de actuar, de confrontarse y de dialogar con todos, sirviendo todos pero sin jamás canjear la propia esencia de Hombre encarnaba y manifestaba. Pero los poseedores de la ley de aquel tiempo estaban carentes de Dios y duros en el corazón (Mc 3,5; Mt 19,8); y utilizaban lo que era de Dios para humanizar y hacer los corazones de los hombres parecidos a las bestias (Gd 10).

A muchos pequeños nada se les debía. A los pocos que detenían la ley mucho – si no todo – se le perdonaba (Mt 23,24). Los pequeños eran sobrecargados de todos, por parte de todos, sobre todo por parte de quien, depositario de la ley (entonces, en teoría, en contacto con Dios), habría tenido que poner en práctica la misericordia divina (Lc 11,46), entonces el Amor de Dios que, aunque no plenamente conocido como lo habría luego enseñado Jesús, ya entonces se habría debido practicar, poniendo en práctica la Palabra de la Sagrada Escritura que el Padre, por medio de los profetas, había con tiempo y a lo largo del tiempo donado (Lc 10,25-27). Sin embargo, los poseedores de la ley utilizaron la Palabra de Dios por finalidades personales, para alimentar su poder humano, para subyugar todo y todos, para enriquecerse humanamente y hacer los corazones de los hijos de Dios estériles, sino sobre todo utilizándolos y subyugándolos a su antojo (Ez 34,1-16).

Vino Jesús. Y empezó a vagar por aquel mundo en búsqueda de corazones dispuestos a seguirLo, comprenderLo, para luego amarLo. Se hizo Pan, Pan vivo (Jn 6,51), donándose para actuar en los corazones la metamorfosis de amor que les habría permitido a aquellos hombres ver en Él, Hombre, la esencia divina, Aquel que había sido prometido y había llegado para liberar el pueblo de la esclavitud, para acompañarlo a vivir el Reino de Dios (Lc 11,20).

El Reino de Dios ahora se realiza en la Pequeña Cuna del Niño Jesús (Lc 22,18), en un mundo donde las mismas analogías del tiempo pasado otra vez más recurren en el tiempo presente: desafección del Amor de Dios, hacia el Amor de Dios y de todo lo que pertenece al Cielo, haciendo nuevamente humano lo que santo habría tenido que permanecer (Rom 2,5).

Otra vez más la Persona del Hombre-Dios ya no se reconoce porque ofuscada por todo lo que es humano, porque el hombre ha nuevamente humanizado todo, erigiéndose a padrón de la vida (Hch 4,11).

Ahora la desafección penetra más y más en el corazón de los hijos haciéndolos más y más estériles hacia lo que es de Dios, de lo que es fe, de lo que es santidad, así que los hombres, perdido el espíritu y secado el alma, han llegado a ser como y peor que los animales (2P 2,12): instintivos y ya no padrones de ellos mismos, ya no capaces de dominar el propio “yo” y de ir en búsqueda del verdadero Dios.

En este contexto, en la Nueva Jerusalén (Ap 21,2) nuevamente el Amor vuelve para ser eje y centro de todo: el Amor que debe circular en los corazones, el verdadero Amor (Jn 15,19), a fin de que quien Lo acoge pueda nuevamente seguir Cristo y trabajar en su Viña (Mt 20,1-8), para donar a muchos la Palabras de Jesús que, si acogida con corazón sincero y abierto a la novedad renovada que es Dios, puesta en práctica, se convierte en salvación.

He aquí la Pequeña Cuna donde otra vez más el Hijo de Dios ha vuelto (Hch 1,11) para irradiar Luz y Santidad. Todo se recapitula, desde su primera Cuna, la humilde Gruta de Belén, hasta la segunda y última Cuna, Pequeña Cuna del Niño Jesús, Cuna del Amor de Dios, Cuna del Hijo de Dios (entonces de Dios), donde quien quiere encontrar refrigerio, corporal y espiritual venga y vea, toque con mano y se abreve a la Fuente del agua de la vida (Ap 21,6), porque pronto el mundo será catapultado otra vez más a ir al encuentro del fuego que se encenderá (Ex 9,23). Y, así como está escrito, habrá quien será levantado y quien será golpeado (Gn 19,24); Países que serán arrasados y otros que serán salvados (Gl 3,3-5).

Cada Palabra será como una piedra, para quien no la habrá acogido, escuchado y para quien no habrá creído. He aquí el Amor y la Justicia (Sal 100,1). He aquí la Salvación y la Perdición. He aquí la Santidad y la Infidelidad. He aquí la verdadera misericordiosa Justicia de Dios, que no puede y jamás podrá juzgar según el criterio humano sino juzgará para todo lo que se ha hecho con igualdad y paternidad, para darle Justicia a los justos y para dar la Condena a quien la habrá merecida (Lc 11,42).

Uno es el Lenguaje de Dios, transmitido por el Padre, enseñado por el Hijo y escrito en los Evangelios. Y ningún hombre eminente, aunque humanamente docto y sabio, jamás podrá cambiar el Lenguaje del Todopoderoso (Mt 5,18), porque cambiar el Lenguaje de Dios significa traicionar a Dios, significa querer, con voluntad humana, trastocar su Voluntad divina (Ap 22,19).

Los obreros de la Viña del Señor se atienen y siempre se atendrán a la Voluntad del Maestro, incluso si la Voluntad de Dios es contraria a la conducta y a la voluntad de los hijos del mundo (Gal 1,3-12). Por esto se distinguen y se distinguirán los hijos de Dios, porque siempre se haga la Voluntad del Padre (Mt 7,21), tal de alcanzar la meta, perseverando, amando y venciendo, cueste lo que cueste (Lc 22,42), porque no es Dios que tiene que someterse al hombre y a su voluntad, sino que es el hombre que tiene que someter su voluntad a la del Todopoderoso, como Jesús nos enseña en el Padre nuestro: “Padre, hágase Tu Voluntad, en la Tierra como en el Cielo. NO nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal” (Mt 6,9-13). Amén.