La Transfiguración de los hijos de Dios

 

(Borrador)

En el Valle de Amor Jesús ha bajado del Cielo (Hch 1,11) para manifestarse en plenitud, a fin de que sus hijos pudiesen en la totalidad aprender y comprender la acción de Su Espíritu, la acción de Su viva Presencia en medio de Su pueblo (1Cor 12,3), para plasmarlo y hacer que sea Roca: uno (Jn 17,21), en el áncora de la Salvación, para mantener con vida la cristiandad, que más y más se manifestará en la esencia y en la sustancia de aquellos que, combatiendo la guerra espiritual entre el Bien y el Mal, han guardado y harán guardada la fe (2Tm 4,7) en el único Señor, en el único Maestro.

He aquí la Transfiguración de los hijos de Dios a la presencia del Cielo (Mt 17,2) que en la Nueva Jerusalén (Ap 21,2) se manifiesta, para hacer que se comprenda que cuanto más uno se abandona al Espíritu, tanto más uno vuela, sube y vive para estar en la Luz ligero y santo; y a la Presencia del Hijo de Dios ser dignos de poder llevar el Nombre de Aquel que es (Ap 1,8).

En la Tierra de Amor el Padre dona Su seguridad, aquella seguridad que debe estar en los hijos y permearlos en la totalidad, a fin de que sean vivos, fuertes y santos (1Cor 16,13), como los hijos de Dios tiene que ser, para ser de ayuda y bálsamo para el mundo, sostén y amparo para los viandantes, meta, como señal del Corazón del Padre para quien quiere encontrar amparo y alivio, en el alma y en el espíritu (Mt 11,29).

Este es el tiempo de ser nuevos y renovados, para manifestar todo lo que el Cielo en la Nueva Jerusalén ha, a lo largo del tiempo y con tiempo, transmitido, para estar listos para cancelar el hombre viejo (Rm 6,6; Ef 4,22; Col 3,9) y ser transfigurados en los profundo, para transmitir a todos la docilidad en el espíritu (Is 1,9) a fin de que todos, imitando a los nuevos cristianos, puedan mirar el Cielo y pedirle al Cielo obtener esta Transfiguración, que más y más la Pequeña Cuna del Niño Jesús manifestará hacia un mundo que se más y más afea, donde los hombres se hacen más y más feos, más y más parecidos a las bestias (Tt 1,12) y no hijos.

Hijos (Jn 1,12) son aquellos que quieren y querrán seguir bebiendo y viviendo el Espíritu del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (1Jn 3,1), que han acogido y quieren acoger la voluntad del Padre (Mt 7,21), que ha enviado al Hijo para renovar esta humanidad árida y perdida. Los hijos en la Nueva Jerusalén encontrarán sitio en la única Carpa (Ap 7,15) donde Dios habita y habitará en sus elegidos.

He aquí el Pueblo de Dios (Is 1,9), que va formándose y que más y más se formará partiendo por los cimientos (Hb 11,10), por las raíces, para ser renovados en el corazón en la plenitud.

Esta Transfiguración viva tendrá que fortalecer los hijos en la totalidad, a fin de que puedan ir más allá de toda prueba, más allá de toda debilidad, más allá de los límites de su humanidad (Stg 1,12), para ser y consistir en el Espíritu y en la Vida (Jn 6,63), porque nada y nadie podrá detener su acción, sus pensamientos, porque la voluntad de los nuevos cristianos es sólo y únicamente la de hacer la Voluntad del Padre (Mt 6,9-10), para hacer vencer y triunfar el Corazón Inmaculado de María (Gn 3,15; Lc 1,49).