Las virtudes de los habitantes de la Ciudad Santa
(Borrador)
Quien ha entendido la esencia y la sustancia de la Nueva Jerusalén (Ap 21,2), la Ciudad de Dios donde Dios ha establecido su Morada entre los hombres, tiene que encarnar las virtudes que en Ella están contenidas, para ser y manifestarse de verdad como los hijos de Cristo (Jn 1,12), sus discípulos, sus portadores de Paz y de Santidad, a fin de que reconociendo los nuevos cristianos muchos puedan reconocer al Maestro, Aquel que, único, enseña a amar: a amar a la Vida, a amar al Espíritu (Jn 6,63), a amar al prójimo, a fin de que amando al prójimo como ellos mismos el Amor pueda circular espontáneamente entre los corazones y dar a todos la oportunidad de poder vivir en la santidad y en la armonía, en la Paz; y no en la guerra, en la violencia y en el atropello.
En el tiempo de Jesús el símbolo de los primeros cristianos, de la primera Comunidad cristiana (Hch 2,48), era aquel del pez (Jn 21,9-10). De éste se reconocían los cristianos y se hacían reconocer como creyentes en el Mesías, en aquel Hombre-Dios llegado que les hablaba un idioma nuevo: el idioma del Amor (Jn 13,34), a fin de que todos pudiesen ser fieles y solidarios con aquel Amor. Aquel símbolo se dibujaba, imprimía y esculpía en varias casas, en varias grutas, en varios lugares: era la señal de reconocimiento para quien quería encontrar los hermanos, estar con los hermanos, poder compartir con los hermanos aquel Pan cotidiano, que era la Palabra de Jesús, su vivo y total Amor, nutrición esencial y sustancial para quien quería vivir y estar en comunión de corazón, alma y espíritu con su Sagradísimo Corazón.
Otra vez más, hoy, los nuevos cristianos están llamados a vivir aquella misma esencia y sustancia, que lleva a vivir la cotidianidad de manera sencilla sino sustancial. Los nuevos cristianos están llamados hoy a ser “la” señal de reconocimiento de la Amistad de Dios con los hombres; señal y ligazón de la unión entre los hombres y “el” Maestro (Mt 23,10), a fin de que los nuevos cristianos, “pez del Amor de Dios” puedan atraer otros corazones, para que escuchando, mirando y siguiendo el ejemplo de los nuevos cristianos muchos estén seguros de entrar en sintonía con el Maestro, con Jesús, Maestro de Vida y de Amor.
Sólo así, con las acciones y con las obras, viviendo como cristianos creyentes y manifestándose hombres creíbles, en las obras y en el ejemplo, se podrán rechazar las malas lenguas (Sal 9,28), los malos pensamientos que muchos, a merced de lo que es viejo y de un mundo enfermo y corrupto, podrán hacer (Sal 63,9).
Sólo así los nuevos cristianos podrán ser más y más fuertes y aún más santos (Mt 5,48), primero con ellos mismos para luego fortalecer los otros, en el corazón, en el espíritu, a fin de que incluso en la voluntad (Mt 6,10; Jn 6,40) los nuevos cristianos puedan sentirse también humanamente invencibles, venciendo a lo que es mundo y pecado para ser sólo y únicamente de Dios, su emanación y su manifestación, para volver a colocar en el centro del mundo de buena voluntad el Amor, Cristo Amor, el único Amor que es Salvación (Is 12,2), que conducirá esta humanidad a volver en el Jardín de Dios (Gn 2,8), donde el Padre volverá a vivir en armonía con sus hijos y donde los hombres vivirá como verdaderos hermanos en la Paz, que será estable sobre toda la Tierra (Ez 36,35).