Señor ten piedad

 

(Borrador)

Los tiempos duros y difíciles que Jesús había revelado a su Mozuela son (Libreta “Nueva Jerusalén, Tierra de Amor, p.19). Ha llegado el tiempo para muchos de invocar la piedad del Padre (Sal 66,2): muchos inocentes, muchos niños, mujeres y hombres que están a merced del odio y de la violencia, que se encuentran, a pesar de ellos, implicados en estrategias geopolíticas, económicas y militares guiadas por quien está anublado por el odio del enemigo de Dios, que quiere destruir a todo y todos, empezando por la cristiandad, queriendo cancelar incluso su recuerdo.

El mundo se ha postrado al odio, con respecto a la caridad (1Cor 13,1-4-13), que tendría y tiene que ser el único eje para volver a levantarlo, este mundo, enfermo e inicuo. En la caridad hay todo (1Cor 16,14): no hay debilidad, sino hay fuerza interior y espiritual, donde poder espiritual, donde poder utilizar con docilidad y equilibrio – sino sobre todo con lucidez – todo eje disponible para ir contra la guerra y poner la vida de los últimos en el centro de toda política y acción.

He aquí que los gritos de los inocentes llegan más y más al Corazón del Padre (Jer 2,34).

Así como llegan a su Corazón los gritos de quien quisiera defenderse de los ataques de todos aquellos que se han convertido en apóstatas e infieles (Dt 13,1-6). Pocos son aquellos que han guardado la fe, que han redescubierto la verdadera fe, que han amado y aman a la verdadera fe, con respecto a un mundo que grita al odio, incita a la guerra, vive para morir sino sobre todo para hacer que muera una multitud de inocentes.

He aquí la sangre de muchos mártires que lava esta Tierra. He aquí la acción de infinita Justicia del Padre, que hará emerger más y más la ingratitud, la falta de respeto, el ser sabiondos y la soberbia de cuantos (Ap 17,7) habrían tenido que amar a la Verdad, defender el Nombre del Dios verdadero y ser operadores vivos de la única fe que salva.

En la Pequeña Cuna del Niño Jesús el Padre ha nuevamente enviado una parte de su Corazón (Hch 1,11), su Espíritu Divino (Jn 15,26) para volver a levantar la humanidad árida y perdida. Y en esta Pequeña Cuna el Padre encuentra consuelo en quien lo ama, en las oraciones de sus verdaderos hijos, en aquellos que han guardado la verdadera fe: aquel Pequeño Resto del Israel de Dios profetizado (Is 10,20-23), Pequeño Resto del Corazón del Padre (Rom 9,14-25) que jamás apostatará de las enseñanzas verdaderas y auténticas del Maestro, del Salvador, del unigénito Hijo de Dios. Por Amor de este Pequeño Resto y de cuantos ahora querrán unirse a este Pequeño Resto en el Nombre del Dios Uno y Trino, en el Nombre del Dios verdadero, el Padre aumentará ahora su Justicia (Sal 111,9), que se verterá sobre aquellos que han manifiestamente abjurado la verdadera fe (2Ts 2,3). Sobre Sodoma y Gomorra el Padre hizo bajar su Fuego santo del Cielo (Gn 19,24). Para muchos todo esto permanece una leyenda, para los hijos de Dios será el cumplimiento de lo que está escrito en la Sagrada Escritura, donde la ramera ya no será (Ap 19,2) y los que no querrán asociarse a sus pecados y recibir parte de sus flagelos son invitados a salir de Babilonia (Ap 18,4), aquella que está ebria de la sangre de sus santos y mártires (Ap 17,6).

Nadie puede impunemente jugar con lo que es de Dios y con su verdadera fe. El Espíritu del Padre hará que se manifieste aún más la indolencia de una casa que antes era y que ahora no es más, que ha traicionado a su mandado y a sus valores, morales y espirituales; una casa cuyos habitantes han comerciado y comercian con el corazón de los hijos de Dios, comercian ellos mismos, dejando de lado aquellos que ellos mismos han considerado indignos y aquellos que han llegado a ser pesados y obstáculos a sus comercios (Ap 17,8-18).

Dios Padre Todopoderoso todo ve y todo puede. Y como Juez el Padre manifestará las incomprensiones que están al interior de aquella casa, las maledicencias, la incuria, la infidelidad, el satanismo, la incoherencia y la hipocresía que la domina (Ap 18,2). Y cada palabra dicha se le volverá contra (Ap 18,3), porque ha llegado el tiempo de la Ira del Padre (Sal 55,8; Sal 58,14), que se abatirá contra aquellos que se han convertido en piedra de tropiezo para el Hijo de Dios y su Obra.