Voluntad, Amor, Gracia

 

(Borrador)

Quien quiere emprender el viaje de la Vida (Mc 10,17) tiene que predisponer el corazón, el alma y el espíritu de la manera santa y justa, para poder así comprender la Voluntad, el Amor y la Gracia que hay que vivir para llegar a ser santos (Lev 11,45).

Todo comienza por la voluntad personal, viva y total, que cada hijo de Dios tiene que querer practicar para hacer la Voluntad de Dios. Siguiendo el ejemplo de María se proclama el Amor por Dios, único Sumo Bien y a Él uno se encomienda (Lc 1,38), para que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hagan de nosotros como a Él agrade.

Al hacerlo, cada hijo de Dios está llamado a llenarse del Amor de Dios (Jn 15,9), único bálsamo y antídoto para ser puros, santos y obedientes para encarnar así las tres virtudes fundamentales que cada buen cristiano tiene que practicar: la humildad, la pureza y la obediencia. Así uno podrá poner en práctica la caridad cristiana (1Cor 13,13) y ser fieles al Señor, depositando la esperanza y confianza sólo en Dios, único Bien Primario, a fin de que la gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo puedan bajar sobre cada hijo y penetrar y llenar el corazón (Lc 1,28).

Animados por la voluntad viva de hacerse instrumentos santos en las manos de Dios y queriendo estar llenos de su infinito Amor, que en el Hijo es Persona (Jn 1,14), la Gracia de Dios podrá bajar del Cielo en María, con María y por María, a fin de que María, Madre de toda Gracia, pueda por voluntad del Padre llenar cada corazón de la gracia divina (Lc 1,49), dispensando en cada corazón su Amor de Madre que, unido al Amor del Hijo, hará consistir todos en la Nueva Jerusalén (Ap 21,2), meta y arribo del camino de cada hijo de Dios.

Esta es la certeza que María, la buena y tierna Madre, infunde del Cielo en el corazón de sus hijos. María es la Madre Consoladora para cuantos sufren y ofrecen. María es la Madre de la alegría para cuantos en el Niño Jesús han encontrado la verdadera Vida en Aquel que es Vida, Aquel que junto a su Pueblo Santo, el Resto de Israel permanecido fiel a Dios (Jer 31,7), quiere llevar a cumplimiento el Plan de Amor y de Redención (Mt 1,21), por la Alegría de los hijos dilectos de Dios y por la Justicia de cuantos no han querido creer, esperar y amar que, aunque llamando a la puerta, no verán, porque se quedarán fuera de la puerta del Rey (Lc 13,25).

Quien quiere vivir en Cristo se despoje del propio “yo” para casar la voluntad de Dios (Flp 1,21), sin jamás renegarla, sin jamás dudar de su gracia y de su cercanía.

Esta es la invitación que María, con su ejemplo de vida, dona a cada hijo, a fin de que en los hijos dilectos de Dios corra aquella linfa vital y aquella fuerza santa que les hará volver a levantar frente a toda prueba e insidia, para vencer al enemigo de Dios, a sus tentaciones y adulaciones (Gn 3,15).

En la prueba los hijos están llamado a invocar a Aquella que es Madre: para arrimarse al Amor de Dios que todo a los hijos se donará; para romper toda cadena (Is 58,6), liberar los corazones (Jn 8,32) y secar toda lágrima (Ap 21,4); para renovar y santificar cada corazón en su Santo Nombre (Ap 15,4), a fin de que el único Cuerpo Místico se manifieste en cada miembro y la linfa de la Madre Iglesia corra por las calles de un mundo ruinoso y muriente, que ha perdido toda esperanza.

“Sed vosotros, hijos de María, Madre Iglesia, Nueva Jerusalén “la” certeza para quien quiere aferrar el áncora de salvación (Hb 11,7). Sed vosotros el Signo de Dios para todos aquellos que querrán salvarse y vivir Cristo, único Sumo Bien, Aquel que, único, dona la Vida por la eternidad (Jn 6,68)”.