El Aleluya de los hijos de Dios
(Borrador)
El Hijo de Dios es el Rey y el Juez de esta humanidad. Y nuevamente por voluntad del Padre el Espíritu del Hijo de Dios, bajado del Cielo en la Tierra de Amor, actúa y se manifiesta para vencer.
El Espíritu de Dios manifiesta la realeza de esta Iglesia, Madre Iglesia, Madre de todos los hombres de buena voluntad, que se contrapone a la acción de otra casa que ya no es santa, que es podrida, que cae y que más y más caerá. Y todos aquellos que no animados por la buena voluntad se arriman a ella caerán con ella.
El Espíritu del Padre golpeará a la tierra, para que ella pueda hacer derrumbarse en el moral y en el espíritu muchos corazones que han proferido maldades contra la Casa del Padre. Nuevamente la palabra del Hijo de Dios surcará las calles de este mundo. Y nuevamente cortará y devolverá justicia a los justos y donará misericordia a quien será encontrado bueno, en el corazón y en el espíritu.
La Casa del Padre está viva, emana Su perfume, derrama Su Luz, aclara con Su santidad. Cuanto más será el esplendor de la Casa de los hijos de Dios, tanto más será la oscuridad que prevalecerá en la otra casa, que antes era y que ahora no es más. Los negadores de la Obra de Dios serán quemados por sus mismas ilusiones, serán golpeados por sus mismas palabras. Y sus acciones malvadas se volverán contra ellos y contra sus hijos. «Y contra ti, Babilonia la grande, la ira del Padre y el Brazo del Hijo de Dios enfurecido se arremeterá contra muchas casas tuyas. Las campanas ya no repicarán porque se derrumbarán junto a los campanarios. Y repicarán la muerte. En la Morada del Padre repicará la vida, la eterna vida».
De la concreción de las palabras de la Casa de Dios se comprenderá la Verdad, dónde reside la Verdad. Los hijos de Dios y aquellos que están animados por la buena voluntad volverán a la Verdad para recibir el perdón y recibir la curación del alma y del cuerpo.
A través del Espíritu, la abundancia del Padre en la Casa de Sus hijos es continua por aquellos que, animados por la buena voluntad, piden, se postran e invocan la viva misericordia del Padre, la viva bondad del Padre, a fin de que el Padre abra Su Corazón y pueda colmar todos Sus hijos con Su gracia. Los frutos de la Morada del Padre están vivos: más y más maduran y madurarán en la fe, en la autenticidad cristiana, que se caracteriza por el coraje y por la voluntad, por el corazón y por la constancia que cada hijo sabrá poner a disposición del hermano a fin de que la Iglesia entera pueda hacer resplandecer la santidad, que sólo en ser cristianos se manifiesta. No se puede haber otra santidad si no es aquella que ha sido dada por el Hijo de Dios. Estos son los santos. Aquellos que están revestidos de la Luz de Cristo, de Su cristiandad. El Hijo todo por la voluntad del Padre se ha donado, se dona y se donará, a fin de que Su Santo Nombre de esta Casa pueda nuevamente ser puesto en el centro de la vida de muchos corazones, para que estos corazones puedan volver a encontrar el Camino maestro, que haga pronunciar a todos el nombre del Padre.
He aquí la espontaneidad de la Casa de los hijos de Dios que con ligereza y voluntad llaman al Padre en su ayuda, en su socorro, para amar al Padre, vivir al Padre y contemplar al Padre. Esta es la fidelidad viva de la Iglesia Cristiana Universal de la Nueva Jerusalén que en María siempre se ha manifestado y siempre se manifestará, para ser siempre antagonistas a otra casa que ha ultrajado el nombre del Padre, que usa el nombre del Hijo e intenta detener la acción del Espíritu Santo. Contrapuestas las dos casas: una vencerá, la otra sucumbirá, bajo los golpes del cetro de hierro que golpeará los enemigos de Dios, aquellos que han traicionado al Padre para adorar un espíritu anticrístico y anticristiano. Una casa que, privada del Espíritu del Padre, ya no vivirá la paz de Dios. Y sin paz todo se derrumba y se derrumbará.
En la Casa del Padre es fiesta, por cada hijo que se convierte; por cada hijo que, lejano, vuelve sobre el recto camino; por cada hijo que en la Tierra de Amor vuelve a encontrar la paternidad del Padre; por cada hijo que es consagrado al servicio de la Iglesia, de su Pontífice, del Padre; y por los hijos que, en el amor santo, se unen en el sacro vínculo conyugal, prometiendo ante el Padre amarse en la totalidad, queriendo vivir en la unión indisoluble la fidelidad recíproca y la viva fidelidad a Dios.
He aquí la fiesta del Padre con Sus hijos. He aquí la verdadera fiesta: donarse al Padre para hacer que el Padre en Su infinita bondad habite en los corazones y les conduzca para poder proclamar Su Palabra, en unión con el Hijo, empujados por el Espíritu Santo.
He aquí el aleluya de los hijos de Dios. He aquí la vitalidad de la Casa de Dios. He aquí la exultación del pueblo santo, del pequeño resto de Israel, que mantiene viva la fidelidad en Cristo y que, con esta fe, llegará nuevamente a convertir todas las gentes.