El orden santo de la Casa del Padre

 

(Borrador)

El Padre quiere imprimir en el corazón de los hijos de Dios Su viva voluntad: la voluntad de vencer, la voluntad de avanzar, la voluntad de continuar, para liberar esta humanidad de la esclavitud que el mundo aún más manifiesta hacia los débiles, atando sus corazones para hacerlos inermes. El Espíritu sopla en la Casa del Padre para restablecer el orden santo que lleva fruto en abundancia.

La Casa del Padre es signo de reconciliación y signo de discordia para muchos. La reconciliación con el Padre es dictada por el individual arrepentimiento de cada corazón, que arrimándose, acercándose a la Morada del Padre entre los hombres, gracias a la acción del Espíritu Santo que inunda los corazones, casa aquel arrepentimiento y hace volver los corazones sobre el recto camino, sobre la vía maestra, para ir al encuentro del Maestro, para rencontrarse alumnos a la escuela del Maestro que lleva todos al conocimiento vivo y directo del Padre.

Para muchos esta acción está interrumpida, a causa de las barreras del corazón, de la voluntad de no comprender, de la voluntad humana que se pone ante la voluntad divina (que se manifiesta dando la prioridad a los que es “corazón”). Para otros esta acción nunca ha sido conocida porque hecha invisible por aquellos que por pura propaganda han manifestado una verdad manipulada.

El mundo se considera en búsqueda de la verdad, aquella pura y sola verdad humana que hace libre el cuerpo, pero esclavo el corazón. He aquí los vicios, he aquí las necesidades puramente humanas que crean desorden y desertifican el alma. Muchos son aquellos corazones que, tras haber saboreado la Verdad de Dios, han libre y autónomamente decidido volver atrás, alejarse, porque la Verdad de Dios es incómoda y desnuda la voluntad egoísta del “yo” que se choca con la Verdad de Dios.

La Verdad de Dios es ayuda para crecer, para comprender, para redescubrirse verdaderos hijos de Dios. La Verdad de Dios hace libres de la esclavitud del pecado y de los vicios del mundo. La Verdad de Dios no puede ser relativa sino es unívoca y absoluta. «Sí, sí» y «no, no», porque lo demás viene del maligno (Mt 5, 37).

El Padre interviene en la historia de la humanidad para llamar a sus hijos al orden santo para que, a través de los signos del Padre, los hijos y aquellos que están animados por la buena voluntad puedan redescubrir dónde reside la Verdad de Dios, dónde reside la verdadera fe, dónde reside y está viva la acción del Espíritu Santo que salva, dónde está vivo el soplo del Espíritu Santo, bálsamo para el alma, que revigoriza los corazones y hace vivir a todos una filiación particular y directa, pura y santa.

La intervención del Padre en la historia hace comprender que no pasará demasiado tiempo que la humanidad se encontrará en un báratro sin fin, el báratro conducido y causado por el patio de Roma, que más y más se ensanchará y llevará a la perdición muchos corazones, a la desaparición de la fe en muchos corazones, porque, encontrándose ante algo que con afán estaba mantenido oculto, muchos corazones se encontrarán en la agonía más profunda. Los escándalos serán manifiestos y ya no podrán mantenerse escondidos. Son estos los últimos brincos antes de sucumbir. Roma ha perdido la fe y lo que es podrido caerá. Día tras día el barco más y más se hundirá y día tras día el Arca querida por el Padre avanzará, para conducir a la salvación los hijos de Dios y todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Todos aquellos que se obstinan en combatir el Proyecto de salvación querido por el Padre se encontrarán a combatir contra Dios. Tremendos serán sus días. Para estos también la pura guata se volverá dura, ya no suave, porque ya no amortiguará y muchos ya no serán protegidos sino se encontrarán descubiertos en su engaño y en su error y su corazón será presa de un delirio sin fin, porque habrán combatido contra la voluntad divina. Quien habrá llenado el propio corazón de falsedades y de mentiras gritará por el dolor pero los alaridos no serán escuchados por el Padre y todo se precipitará. Los cercanos perderán todo y serán alejados y los lejanos serán llamados a vivir la Casa del Padre.

En la Casa del Padre más y más viva es y será la unión, la armonía, la fraternidad y la santidad. Más y más viva es y será la cohesión total de corazón y de alma, de espíritu y de abandono total al deseo y a la voluntad paterna. En la Iglesia Cristiana Universal de la Nueva Jerusalén la acción del Padre está viva y concreta. Los hijos que permanecerán fieles a la voluntad del Padre con “corazón” y “voluntad” avanzarán. Quien voluntariamente quiere separarse del Amor del Padre, experimentará el deserto del corazón.

El Espíritu del Padre infla el corazón de los hijos de Dios que, manteniéndose en sintonía con las enseñanzas del Hijo, harán que la palabra de Dios sea proclamada y anunciada, comprendida y amada. El mundo vive en una verdad distorsionada, en una verdad toda suya. En esta verdad humana no hay fe, no hay unión, no hay orden sino reina el desorden y la soberbia.

En la Casa del Padre reina el orden santo que hace ser verdaderos hijos de Dios, en la simplicidad, en el equilibrio santo y en la fidelidad viva a las enseñanzas cristianas auténticas, en la única Verdad que salva: Cristo, el Salvador, el Maestro. La Verdad absoluta y no relativa. La Verdad que hace conocer y amar el Dios católico, universal, que ha puesto Su Morada en la Tierra de Amor, en la Isla Blanca, donde será preservada y defendida la pureza de la única fe que salva: la fe en Jesús, el Cristo.