“Padre, Tú que has elegido esta Tierra de Amor, acoge nuestra apelación”

 

(Borrador)

Dios Padre ha elegido la Nueva Jerusalén, la Tierra de Amor donada a esta humanidad, por Su viva voluntad. En la Nueva Jerusalén está la flor más bella, elegida por el Padre por Su voluntad expresa. El padre ha cultivado aquella flor porque aquella flor habría guardado la cristiandad en el íntimo y habría expresado la Verdad absoluta, para volver a llevar al Corazón del Padre los hombres de buena voluntad y todos aquellos que habrían querido permanecer en la Verdad, Cristo, Pan vivo bajado del Cielo.

El Padre ha prometido que en la Isla Blanca la pureza de la fe habría sido protegida, defendida y hecha conocer, preservada para Si y para Sus hijos. En la Nueva Jerusalén, la Tierra de Amor, que el Padre ha definido el Rincón de Paraíso donado a Sus hijos, el Padre ha instaurado Su Autoridad.

Con el tiempo todo se ha evolucionado. Aquella flor ha crecido y ha dado Sus frutos: frutos del Amor del Padre, de la perseverancia fiel de María, del vivo y continuo y palpitante Amor donado a todos aquellos que durante el tiempo, enviados por el Espíritu del Padre, han llegado a la Tierra de Amor, para volver a llevar en el mundo el orden y la disciplina santa, lo que caracteriza y siempre caracterizará los verdaderos cristianos: la disciplina amorosa que cada hijo quiere vivir con respecto a todo lo que pertenece al Padre, conociendo Sus preceptos y Sus Mandamientos y queriendo ponerlos en práctica.

El mundo todo ha menospreciado. Los poseedores de la ley han querido proteger la ley como un tesoro celoso, personal, para defender de los otros, manipulando la Ley del Padre y utilizándoLa según las propias conveniencias. El Padre todo ha observado, todo ha mirado, hasta cuando el tiempo del perdón y de la misericordia ha terminado, voluntariamente expirado.

El Padre ha declarado abierto el tiempo de la autenticidad cristiana, que en la Tierra de Amor por Él elegida debería renacer, reflorecer; y volver a llevar en el mundo la verdadera observancia de la Ley del Padre. Una observancia viva y perfecta, que concierne el corazón y el espíritu, no las apariencias, no el mostrarse para hacer que las complacencias del mundo pudiesen nuevamente prevalecer sobre el espíritu, sobre la fe.

En la Tierra de Amor por Él elegida, el Padre ha querido y cada vez más quiere santos en carne y hueso, hombres y mujeres que en la cotidianidad querían y quieren hacer volver la Palabra de Dios en el centro de su vida, con la enseñanza sana y viva; sana, no enferma. Dios no quiere una fe enferma, aguada: quiere una fe viva, así como viva está María, que ha guardado los sufrimientos, para donar a los otros la Alegría, la Paz, la Sinceridad, el Amor a fin de que en Verdad la Isla Blanca, la Isla de Amor, pudiese nuevamente hacer triunfar la fe en Cristo Salvador.

El Padre no podía permitir que el catolicismo, la universalidad, pudiese ser alardeada sin esencia, desnaturalizada de su intimidad que es Cristo, Pan vivo bajado del Cielo.

He aquí que la universalidad del mensaje de Dios debería llevar al origen de la Alianza con el Padre, que los verdaderos hijos de Dios están ahora llamados a respetar, así como los hijos de Dios hubieran debido respetar. El Padre ha dado la libertad pero la libertad debe tener como centro fundamental el respeto por el Padre. Aquel respeto que se ha perdido y que muchos han voluntariamente perdido y hecho perder. El rescate cristiano de esta Tierra ha empezado. Aquellos que acudirán verán la rectitud, palabra desaparecida de la cotidianidad de este mundo. Una cotidianidad hecha de perversión, de desequilibrio y de todo lo que conlleva el desorden. Y todos aquellos que están animados por la buena voluntad y están en búsqueda de la Verdad, creerán, porque el Padre es fiel a Sus promesas. Ningún hijo animado por el sentimiento vivo y santo se quedará huérfano. El Padre está y siempre estará.

María está viva. Y en la Tierra de Amor María, la flor más bella, la flor cándida y perfumada, es amada.

Los hijos de la Iglesia Cristiana Universal de la Nueva Jerusalén han consagrado la propia vida al Corazón Inmaculado de María, la Reina del Cielo y de la Tierra, la Corredentora. Los hijos se apelan al Corazón del Padre para que Su intervención en la historia sea viva y eficaz, para manifestar aún más el rescate cristiano que de esta Tierra ha partido y que cada vez más deberá manifestarse.

«Padre, la hora ha llegado. Padre, muéstraTe en Tu Misericordia y manifiéstaTe en Tu Justicia. Padre, hágase Tu Voluntad».